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miércoles, 27 de abril de 2011

Hasta luego, Rafa

 
Por: Samuel Trigueros



Apenas ayer lamentábamos la partida de Gonzalo Rojas y hoy la muerte hace una nueva visita y se lleva al escritor salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa. Hace algunos meses, en su casa de San Salvador, junto a la amiga poeta (su esposa) Krisma Mancía, su pequeña hija, los poetas Carlos Clará y Susana Reyes, compartimos una cena y plática llena de humor e inteligencia.

De Rafael conocía la novela "Cualquier forma de morir" -que, entusiasmado por su calidad, dí a mis hijos para que la leyeran también-, además del volúmen "Tiempos de locura", publicado por FLACSO e Índole editores, libro infaltable para entender la lucha por el poder entre 1979 y 1981 en El Salvador; pero fue durante esa visita a su casa en las afueras de San Salvador donde conocí directamente a Rafael y pude disfrutar de su infatigable lucidez en tantos temas de los que conversamos y seguramente en tantos otros que se quedaron para una nueva conversación que nunca llegó y, sobre todo, su actitud ante la vida y la muerte como compañeras naturales, a las que había que tratar de frente, a veces con amabilidad y a veces con rudeza y con ese ácido sentido del humor al que los amigos de Rafael estuvieron afortunadamente expuestos.

Hoy Rafael Menjívar Ochoa se ha marchado físicamente, pero deja un legado que habrá de ser revisitado como se llega a un lugar de revelación literaria, política, social y, sobre todo, humana. Quedan también la querida poeta Krisma Mancía y su pequeña hija, con sus ojos absortos y su dolor que acompañamos solidariamente.

Hasta luego, Rafa. Krisma promete alcanzarte, pero quisiéramos tenerla mucho tiempo más entre nosotros, quisiéramos que la muerte nos deje un rato en paz y nos permita estar un poco más entre los amigos, entre los compañeros, entre poetas y seres tan auténticos como lo fuiste en este convulso istmo tan propicio a la extinción.


Tegucigolpe, 27 de abril de 2011








Rafael Menjívar nos deja

No pude llegar, Rafael, este trabajo esquizoide me lo impidió. Te lo dije y vos fuiste comprensivo. "Tranquilo, será la próxima", me dijiste. San Salvador seguía ardiendo. Yo quería verles, a vos, a Krisma, verles quizá con la memoria clavada en aquel 2003 durante el taller de poesía. Así los miraba y te escuchaba. Fue un honor para mi tu condescendencia y observaciones luego que leí.

Recuerdo tu tono de voz como una trilladora avanzando sobre milpas, cosechando, cosechando. Mayra estuvo con ustedes y mucha de mi preocupación iba con ella. Me contó lo que hablaron, lo que te hacía reír en estos últimos días, pero sobretodo, me contó sobre ese momento en que te incorporaste de la cama en el hospital y dijiste: "Aquí no hay tristeza, vamos a irnos de aquí y vamos a armar una gran fiesta".

Todo ha sido fiesta, Rafael, la fiesta brava en la que todos estamos metidos, esa muchedumbre zumbante en la que te encontraste dando mandobles a diestra y siniestra sin dejarte amedrentar. Eso es de toreros, de segador de mieses, eso es de torbellinos y de cantores arrechos, Rafael, no le parés bola si no estás, vos sabés que la música y la letra la pone Krisma y tus hijos, la poesía pues, la que tanta vida te dio.

Colgué el teléfono y me quedé pensando en ustedes. San Salvador era una enorme hamaca donde vos te bamboleabas. Mis respetos, compa, y gracias por esa cercanía que nos tuvo cerca y coincidiendo, misteriosamente, en todo este tiempo. Mayra lo sabe, Krisma lo sabe, la poesía lo sabe.

F.E.

Rafael Menjívar Ochoa es salvadoreño y habla con acento mexicano. Esa ya constituye una pauta sobre lo que, a veces, le depara el exilio a un escritor. Si bien nació en San Salvador (1959), cuando el ejército ocupó la Universidad Nacional de la cual su padre, Rafael Menjívar Larín era rector, tuvo que abandonar el país y llegar a Costa Rica. En 1976, la familia se instaló en México donde Menjívar Ochoa vivió durante 23 años. Estudió música, teatro y letras inglesas.

EL EXILIO
Desde 1978, ejerció el periodismo. Fue jefe de la sección internacional del periódico mexicano El Día entre 1983 y 1984. Ahí y entonces conoció a un ícono de las letras bolivianas: René Bascopé Aspiazu. “René fue amigo mío en México, y curiosamente yo fui su jefe”, cuenta Menjívar. “Digo ‘curiosamente’ porque yo tenía 21 años y él cerca de 30. En el periódico El Día, de México, nos quedamos de repente sin redactores, por una renuncia masiva. Publicamos una convocatoria y entre otros llegó René, a quien por supuesto contratamos de inmediato; ya había sido subdirector del semanario Aquí”. La relación entre jefe y redactor se afianzó hasta cobrar un nivel de confianza y amistad muy sólidos. Tal vez compartir el desarraigo y la soledad del exilio permitió entre ambos una rara empatía que pudieron desarrollar hasta el retorno de Bascopé Aspiazu a Bolivia.

EL RETORNO
Rafael Menjívar retornó a El Salvador en 1999. En 2001 fundó La Casa del Escritor, proyecto para la formación de escritores jóvenes. Pertenece a la llamada “Generación del Cinismo” o “Generación del Desencanto”, junto con Horacio Castellanos Moya y Miguel Huezo Mixco, entre otros que comenzaron su producción literaria en la época de la guerra. Es compañero de vida de la poeta salvadoreña Krisma Mancía.

PRODUCCIÓN LITERARIA
En 1984 obtuvo el Premio latinoamericano de Narrativa de la Editorial Universitaria Centroamericana con la novela Historia del traidor de Nunca Jamás, que fue traducida al francés por Thierry Davo. En 1988 obtuvo una presea del Centre National des Lettres de Francia.
En 1986 publicó en la editorial Claves Latinoamericanas, de México, un poemario titulado Algunas de las muertes. En 1990 ganó el premio latinoamericano Ramón del Valle Inclán, del Instituto de Cooperación Iberoamericana y Educa, por la novela Los años marchitos.
En 1996 publicó Terceras personas, un libro bastante que escribió de 1985 a 1990. Hasta ahora es el libro del cual se siente más orgulloso aunque, sostiene, “no necesariamente es el mejor”.
En 1998 publicó la novela Los héroes tienen sueño. Un año más tarde, publicó Del amor, de la muerte, una antología de relatos clásicos sobre la muerte, en traducción propia. En 2000 publicó el Manual del perfecto Transa. Lo más reciente de su producción es la novela Trece, traducida al francés; Miroirs, relato; y Cualquier forma de morir, novela. Figura en numerosas antologías tanto en castellano como en otros idiomas.

SOBRE SU PRODUCCIÓN
De Cualquier forma de morir se ha dicho: “la novela de Menjívar se adentra en la zona del humor negro que nos lleva a los abismos de la mente masculina misógina… la violencia es mayúscula y el ingenio, aún más cruel”. Fragmento: “Todo el mundo se suicidó ese año. Morirse se puso de moda. Hay épocas así. No es que la gente hiciera cola para saltar de los edificios, pero la cosecha fue buena… Igual terminé suicidado, pero pudo ser peor”.


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